| Drogas: lo bueno, lo malo y lo adictivo (La Nación) |
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2007-04-13 LOS MEDICAMENTOS RECETADOS Y CONSUMIDOS MUNDIALMENTE TAMBIÉN SON CUESTIONADOS Mientras en Chile el Parlamento debate las modificaciones a la Ley de Alcoholes, en otros países se piensa en reconsiderar la clasificación e incluir a la bebida y al tabaco entre las sustancias más peligrosas. En este artículo, el autor de “El culto a la farmacología” advierte sobre la necesidad de ir más allá y clasificar a las drogas según su daño social. Richard DeGrandpre Un nuevo informe de investigadores británicos publicado en la revista The Lancet afirma que el alcohol y el tabaco son más peligrosos que algunas drogas ilegales, incluyendo marihuana y éxtasis. El estudio, basado en evidencias acerca de los riesgos y daños asociados a las drogas, sugiere que el alcohol y el tabaco sean reclasificados legalmente entre las 10 sustancias más peligrosas. El informe se produce luego de que una comisión independiente de la Real Sociedad de las Artes describiera a las leyes británicas sobre las drogas como motivadas por “pánico moral”. Esta “escala racional” para evaluar los daños y el mal uso ha sido saludada como un hito. Pero la idea de reclasificar legalmente a las drogas según sus daños no es tan fácil. Después de todo, varias de las drogas que encabezan la lista revisada son drogas recetadas, como los barbitúricos, las bezondiazepinas y el Ritalín. ¿Creemos realmente que los usuarios de estas sustancias debieran ser considerados drogadictos? Lo que esta investigación verdaderamente demuestra es que la enredada idea de clasificar a las drogas como buenas o malas ha puesto a la sociedad en un lío. Cuando las “medicinas patentadas”, incluyendo la cocaína y la heroína (marca vendida por la farmacéutica Bayer) perdieron su prestigio a comienzos del siglo 20, la Asociación Médica de Estados Unidos se unió a la industria farmacéutica para crear una noción de drogas “éticas”. Esto significó a su vez que las drogas psicoactivas expulsadas de la farmacopea médica fueron estimadas “no éticas”. A medida que fue desarrollándose un mercado blanco para las drogas “alteradoras de la mente” con receta, también emergió un mercado negro. Esto instaló un criterio social para entender a las drogas basado no en la farmacología sino en la historia social de una droga. A fines del siglo 20, esta prohibición diferencial había evolucionado hacia una vergonzosa situación, en la cual aquellos con acceso a las medicinas legales podían convertirse en drogadictos legales, mientras que los que compraban drogas en la calle eran considerados criminales y encarcelados. Esto fue especialmente cierto en Estados Unidos. Mientras el consumidor de opio Rush Limbaugh, el popular anfitrión radial conservador, entraba a rehabilitación tras años de despotricar contra los adictos, miles yacían en prisión después de cometer más o menos los mismos actos. El millón de pequeñas piezas que configuran el problema de drogas en Estados Unidos no se encontraba en los centros de rehabilitación sino en el sistema carcelario estatal y federal. También el concepto de adicción se hizo añicos durante el siglo 20. El alcohol es de hecho comparable en su adictividad a la heroína y la cocaína, como sugiere el estudio británico, pero no comprendemos esto debido a los diferentes lentes que usamos al mirar las diferentes drogas. Estos lentes son hoy tan poderosos que ni siquiera nos referimos al alcohol como una droga. Sin embargo, el alcohol es parecido en su daño a estas otras drogas y ello no se debe sólo a que es consumido por tantas personas. Cuando la cocaína y la morfina eran usadas por las masas, hace un siglo, la gente sabía de ellas lo que hoy sabemos sobre el alcohol. La mayoría de los consumidores no desarrollan adicciones, aunque algunas personas tienen mayores probabilidades de hacerlo que otras, por razones de desarrollo, personales y biológicas. Un sistema racional para clasificar las drogas es una buena idea, pero no debe reclasificar sólo drogas. Debe ir más allá, destruyendo el mito de que algunas drogas son inherentemente buenas, malas, potentes o adictivas. En otras palabras, el culto a la farmacología debe ser reemplazado por un culto a la razón que enfatice que las drogas somos nosotros. Lo que hacen las buenas o malas drogas es primero y sobre todo un tema social, no uno farmacológico o médico. © International Herald Tribune |
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